Miénteme, que me gusta…


Es curioso. Todo el mundo dice detestar la mentira. Ni hablar de los mentirosos o mentirosas. Son paria, derechamente. Y claro, porque se le considera un anti valor. Un acto inaceptable a todo nivel y a toda edad. Y que sus padres, desde pequeños, se encargan de advertirtes lo malo que es. Pero pese a eso, lo seguimos haciendo. Es como si las ganas de mentir fuesen incontrolables e imposibles de detener por mucha educación y advertencias que reciban a lo largo de sus vidas.

¿Qué debe considerarse como una mentira?

Según Paul Ekman (definición a la cual adhiero), una mentira puede ir desde una omisión blanca hasta una tergiversación perversa.

  • En el primer caso se trata de ocultar información, en teoría, inocente. En la práctica, la persona cree que no es relevante o necesario “contar la historia completa” y deja detalles fuera del relato. Se supone que no hay intención de dañar conscientemente aunque en algún futuro podría afectar al otro, si se descubre la verdad.
  • Y en el segundo caso, nos vamos al otro extremo en donde hay una decisión concreta y premeditada por dañar al otro con nuestra mentira. Se tergiversa la información, se le cambia por otra que claramente tendrá un resultado distinto para quien la recibe . Un resultado que hará que la otra persona actué equivocadamente porque la información con la que cuenta es totalmente distinta a la verdadera.

¿Por qué mentimos?

Mentimos porque así somos capaces de sobrevivir en un mundo donde las apariencias tienen el monopolio de las relaciones sociales. Mentimos porque así podemos defender a nuestro ego cuando se ve amenazado. Mentimos porque queremos sacar provecho de una situación. Mentimos porque tenemos miedo a que nos reprendan por algo que presumimos, no hicimos bien. Mentimos porque vimos hacerlo a nuestros padres, cuando no querían que por nuestra edad, escucháramos algo indebido o que amenazara nuestra integridad. Mentimos porque está en nuestra naturaleza humana hacerlo. En la práctica, mentimos porque es nuestro comodín para legitimarnos socialmente.

¿En qué quedamos…?

No sé si sea un problema, pero las personas no saben vivir sin mentiras. Me atrevo a decir que les gusta. La verdad, la transparencia los abruma. Hasta diría que no es bien visto “andar por la vida siendo honesto con todo y con todos”. En rigor, la necesidad por creer, por sentirnos seguros en un mundo plagado de incertidumbres nos predispone a ser crédulos. A no dudar. Ahí, en ese momento es cuando somos serios candidatos a ser “engañados”. Unos más que otros, obviamente.

En oposición a eso, todos se quejan de que lo que más detestan en la conducta de un ser humano es que mienta. Paradójico.

Como sea, aunque se cambiara el foco y quisiéramos revertir este paradigma, son pocos los que saben qué y cómo hacer para reconocer mentiras. Y lo que es más importante , si ya lo lograron, qué hacen con la información que obtienen.

¿Cómo?

Contrastar, en una misma línea de tiempo, el discurso de quien nos habla con las expresiones no verbales que ocurren en su rostro y cuerpo es una buena vía para confirmar la congruencia de quién se comunica con nosotros. Pero a eso hay que sumar una pequeña complicación: para minimizar el error al interpretar hay que tener en cuenta el contexto en cual sucede lo que llamo “el acto comunicativo”. Juzgar a alguien porque tiene los brazos cruzados puede tener un montón de lecturas posibles, desde que tiene frío y está generando calor, a tener alguna dolencia que le impide tener sus brazos sueltos, llegando hasta suponer que busca protegerse frente a algo o alguien.

Pero este método tiene un solo problema: todo lo que observemos e interpretemos está sujeto al contexto en el cual se desarrolla la situación y comunicación del otro. No podemos ser tajantes, porque las variables del entorno y de quienes intervienen en la relación podría afectar su emocionalidad, y con ello su desempeño no verbal. No quiere decir que sea imposible, sólo digo que son varias las consideraciones a tener en cuenta.

Acá, un ejemplo de una reacción no verbal que es discordante con lo que se declara:

Captura de pantalla 2015-06-18 a las 13.06.43

¿Existe otra vía para detectar inconsistencias…, es decir, mentiras? sí, sólo que es “un poco más complejo”, y eso implica aprender a detectar microexpresiones, que a diferencia de los gestos y las posturas, sus significados no están sujetos a duda. No tienen doble lectura. Lo que observamos tiene un significado concreto y definido. Independiente de la etnia de la persona que comunica, independiente de la condición social, y lo más relevante, independiente del contexto.

Las microexpresiones son la expresión visible de las siete emociones básicas del ser humano. Dichas emociones son las que rigen nuestra conducta, y que ocurren como nos suceden, no como las deseamos. Y adicionalmente reflejan un profundo compromiso emocional de la persona a la cual le suceden.

Lo difícil es detectarlas, porque ocurren en una fracción de segundo, lo cual hace que no muchas personas las puedan ver.

Acá, un ejemplo de inconsistencia basado en microexpresiones.

Captura de pantalla 2015-06-18 a las 17.50.29

El saber qué ocurre y por qué es una ventaja que te permite mejorar el acceso a la verdad, te permite tomar buenas decisiones, te permite mejorar las relaciones, los vínculos.

Detestamos y sancionamos la mentira, pero la esperamos las más de las veces, con los brazos abiertos. Nos acomoda. Nos gusta. A menos que de ahora en adelante, se planteen lo contrario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s